Fuente: Eco Diario
En cierto modo, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha escrito el libro que siempre quiso escribir. Desde "El Jinete Polaco" a "Sefarad" están en "La noche de los tiempos" (Seix Barral). Una novela que comprende, resume y rebasa la trayectoria literaria de un autor que ha erigido una novela soberbia, sin medias tintas, en el que se defiende que España en 1936 fue algo más que el combate de rojos y fascistas, era una España de multitud de matices, y que se llevo por delante a muchos españoles que imaginaban sin rencor y sin sangre otra España posible.
¿En La Noche de los tiempos da voz a quienes se la hemos quitado, no?
Lo que quería era escribir una novela que tratase sobre lo que sienten las personas cuando lo han tenido todo y, de repente, por circunstancias ajenas a ellos, no tienen nada. No sobre las categorías ideológicas que se imponen a posteriori. Porque parece que en aquel 1936 toda España era azul o era roja, y no. Había muchos matices, había mucha gente que no quería una guerra, ni la destrucción, ni huir, ni morir. Es mentira que hubiera dos Españas. A mí lo que me interesaba era contar una historia verídica, que tratase de cómo las vidas de las personas suceden y son alteradas o destruidas en medio de unas circunstancias catastróficas.
Insiste usted: no es historia, ¿qué es?
Una novela no es un libro de historia ni de ensayo, sino la construcción de vidas humanas verosímiles en un espacio pertinente y que pueda hablarle al lector. Lo que he intentado es ponerme en la piel, en el punto de vista, en el lugar de personas que han vivido una determinada circunstancia como es el exilio. No he querido hacer una novela del pasado, sino en el presente. Quería eludir la reconstrucción, sólo intentar sentir cómo era la vida en esos momentos.
Y para eso se inventa un protagonista que representa ese sueño interrumpido, ¿no?
Ignacio Abel está desgarrado y dividido entre muchas casas, ente su vida familiar y su pasión erótica, entre su origen de familia pobre que llega a alcanzar una posición social elevada en una época de divisiones sociales muy grandes. Hay un momento de la novela no alguien le dice que no entiende la luchas de clases porque lleva zapatos y no alpargatas, porque cuando llueve no se moja. Ha nacido en la calle Toledo en el Madrid popular y ha llegado al barrio de Salamanca. Es un hombre progresista y libertario, que no se ha dejado seducir por los fanatismos y, por otra parte, elige actuar con convicción y honestidad. Cuando una sociedad se derrumba es fácil pasar de la normalidad a la catástrofe, y esto no es una elucubración histórica, sino es algo que se ha visto en muchos sitios.
Hay quien podría afirmar que otra vez Muñoz Molina con la Guerra Civil.
La Historia seria ha retratado la Guerra Civil infaliblemente desde muy pronto. De esto se lleva hablando y escribiendo desde hace muchos años, lo que ocurre es que no se le había hecho caso. Y ahora parece que está de moda y que no se puede hablar de otra cosa. Pero ya desde mi primera novela, en Beatus Ille, quise conectar a mi generación con la última de la República, teníamos que buscar un eslabón del que sentirnos la continuidad de un modo de ver y sentir España. Y desde entonces he estado trabajando en ello. No me he puesto a escribir de la Guerra Civil ahora. Lo único que busco es entender y acercarme a la verdad. El olvido acerca de la Guerra Civil en España no fue más que desgana porque no estaba de moda, a nadie le interesaba eso. No porque no se pudiera hablar de ello.
¿Pero usted admite que sigue siendo un reto, no?
Literariamente, sí. Para un novelista, sentir esta época, imaginar vidas en 1936, es un desafío muy grande. Había escrito de la Guerra Civil, pero ninguna de mis novelas transcurre en ella. No sabía si honradamente se podía hacer una novela que transcurre en una época en la que yo no he vivido. Después de muchas vueltas y muchos fracasos, descubrí que solo es posible si dentro de la novela rompía la presión del tiempo con una voz narradora que no es pasado ni presente. La novela es una tentativa de hacer algo así como un viaje en taxi en julio de 1936 por Madrid. Pero fijándonos en cómo vive la gente, qué siente, qué lleva en los bolsillos. Cómo ama, cómo siente. Las claves de una vida está en lo que la gente llevaba en los bolsillos, cómo era una entrada del cine, cómo un billete de metro, cómo sabía un café y claro ahí te das con un cristal en la frente, es la barrera del tiempo. En Nueva York presencie una feria de postales antiguas y eso me dio la idea de que la novela debería ser como un viaje en el tiempo.
Han sido tres años llenos de dudas, hasta ese momento, ¿no?
Ya llevaba muchas páginas escritas de la novela y me sentía con incertidumbre e inseguridad, sentía que estaba construyendo un edificio que se marcaba mucho, pero que le faltaba solidez en la base. Era una cosa bastante angustiosa, avanzaba pero no me convencía. Hasta que supe que tenía que incorporar mi propia incertidumbre y mi propia voluntad de saber en el relato.
Y sin héroes...
A mi modo de ver la novela surge en la Historia de la Literatura cuando alguien comienza a contar la vida común de las personas, es decir, con el Lazarillo de Tormes. La novela es el reverso de la épica, y hasta entonces es lo que se hacía: escribir la vida de héroes. La novela, mi novela, lo que hace es contar la vida de hombres comunes, no héroes, que actúan como hombres comunes.
¿Cómo se ha documentado?
Es una novela que tiene una parte de documentación tan grande? Escribir es un proceso de tanteo. Tenía una idea básica y a partir de ahí he comenzado a explorar. Eso es muy apasionante. Yo lo que quería era buscar los testimonios más cercanos en el tiempo, es decir, a 1936. Los periódicos o los diarios me sirvieron muchísimo, incluso para el tono del lenguaje, y esos periódicos los he incluido como un efecto de collage en la novela. Y encontré algunos diarios, algunos epistolarios, que me han ayudado mucho.
¿Por ejemplo?
Arturo Barea y La llama, último tomo de La forja de un rebelde, que narra lo sucedido en Madrid entre 1936 y 1938. Barea era quién me hizo imaginar a mi protagonista. Barea tiene una integridad moral absoluta, pero cuenta con horror lo que ocurre en Madrid y cómo la gente actúa de modo impresentable ante la muerte y el dolor.
¿Alguien más?
Uno de los volúmenes de las memorias de Julián Marías también ha sido fundamental. Marías había acabado de 1936 la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras, era republicano y escrupulosamente católico. Como Manuel Chaves Nogales, y su A sangre y fuego. Lo mismo que Julián Zugazagoitia, director de El Socialista, con sus mezclas entre crónica y confesión acerca del horror en el que se había convertido Madrid. Ellos dibujaron una realidad que se parece muy poco a la que nos quieren hacer creer que sucedió.
Bergamín y Alberti, en cambio, no salen muy bien parados?
Las novelas no se escribe para atacar a nadie, sino para intentar contar la vida como es. Y si hay personas que no quieren ver cierta parte de la realidad, allá ellos. Siendo novelista lo que no voy a hacer es contribuir a una leyenda consoladora para el narcisismo de la gente. Si quiere imaginarse una amnesia adolescente que se identifica con héroes sin tacha y de otra época, ya digo, allá ellos. Igual que escribir en un periódico es intentar contar las cosas como son, es importante que los novelistas seamos capaces de mirar con los ojos abiertos, como Negrín, Zugazagoita y Marias, vieron lo que vieron y lo contaron como lo contaron. Nosotros tantos años después no vamos a escandalizarnos. Hay que leer las sesiones de las Cortes de 1936y habría que leer los archivos de la Dirección General de Seguridad para saber realmente qué paso. No se trata lo que yo opine.
Usted propone la literatura como un ejercicio de comprensión, ¿no?
La novela como arte es un correctivo muy útil, porque te enseña a salir de ti mismo, y ver la vida desde el punto de vista de otras personas porque la novela es el reverso de la ideología y del narcisismo. Demuestra hay otras verdades que son igual de importante que las tuyas.
¿Por qué seguimos hablando de la guerra como un enfrentamiento interminable?
Anthony Beevor decía que los españoles para traer la democracia tuvimos que hacer un pacto de olvido y que ahora tenemos que hacer un pacto de recuerdo. Y me pareció muy acertado. Estoy de acuerdo en que tenemos que hacer un pacto de recuerdo. Y voy a poner un ejemplo. Como demócrata, como ciudadano, yo tengo que lamentar por igual el asesinato de Federico García Lorca que el asesinato de Pedro Muñoz Seca. Uno era un escritor universal y el otro era de segunda fila, un cómico, pero fue tan injustamente asesinado en Madrid, en Paracuellos del Jarama, como Lorca lo fue en Granada. Y los demócratas tenemos que tener el mismo valor cívico a la hora de denunciar uno y otro. Esa es la solución. Ha pasado mucho tiempo, ya podríamos permitírnoslo.






